jueves, 20 de noviembre de 2014

Una Macabra Expresión de Crisis


Las crisis económicas y financieras resultan devastadoras para toda la sociedad, porque repercuten a todos los niveles sembrando impotencia, desesperanza e incapacidad para ejercer las funciones básicas de la vida: salud, comida, albergue, educación y seguridad personal.  Por eso esas crisis tienen que atenderse desde y por el Estado, porque son masivas y abarcadoras de toda la comunidad como ente político y moral. 

Pero existen peores crisis que la económica o financiera, que exigen como respuesta una toma de conciencia más profunda que la meramente económica o financiera, porque se trata de la existencia misma del ser humano, su derecho a la vida y a la felicidad, a su vida familiar privada y a la seguridad dentro de los confines de su castillo, su hogar.

Hace dos días una comunidad y un hogar de Guaynabo --- la comunidad donde yo resido --- fue asaltada por la especie de criminalidad más bárbara que se recuerde en Puerto Rico.  Dos sociópatas endemoniados asesinaron a una familia feliz, tranquila, trabajadora, a menos de 100 metros de mi residencia, en una comunidad que en los 35 años que poseo y vivo, no había registrado ninguna alteración significativa de la paz.

Los que estamos dedicados, como líderes o como ciudadanos particulares, atentos a las cuestiones colectivas de la economía, las finanzas, el empleo, los programas masivos de educación y salud y seguridad, no podemos quitarle la vista al hogar, a la convivencia, a la experiencia escolar --- para hablar de sueldos y retiros, bonos y vacaciones.  Muchas veces la urdimbre de la formación valorativa, de conductas y actitudes, se difumina por los entresijos de lo colectivo, y no vemos a las personas --- porque la sociedad es grande, y el Estado y la política nos ciegan, y el bosque no deja ver los árboles.

La salvajada de Frailes de hace dos noches nos recuerda que el mal existe, y que no es meramente ausencia de bien.

Las dos fieras salvajes que fulminaron a mis vecinos de Frailes pasarán el resto de sus miserables vidas donde merecen, lejos de la sociedad de los humanos.

No me sorprendería, ni objetaría tampoco, que sus nuevos compañeros de celda le administren las primeras lecciones de la pedagogía carcelaria.  Y no merecen que el Estado les proteja de esas enseñanzas preliminares.

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