lunes, 14 de julio de 2014

Razones y Pasiones en el Proceso Político


En todo sistema político el analista tiene que vérselas con dos constantes --- los gobernantes y los aspirantes a gobernantes, ya sea mediante la legitimidad democrática o mediante la fuerza bruta que asalta el poder del pueblo en las tiranías, dictaduras y totalitarismos, en los que se utiliza al pueblo para escalar el poder, cuando ese asalto es pacífico y demagógico hasta el momento del éxito.  De ahí en adelante no se pretende dar razones, las pasiones bastan, con la fuerza bruta de escudo. 

En los regímenes democráticos representativos la ecuación razón-pasión tiene otro carácter y representa una división del trabajo, en el tiempo y en el proceso mismo de aspirar al poder o de gobernar para y con el consentimiento de los gobernados.

El proceso cotidiano de proyectar ideas, programas y estrategias administrativas de toda índole --- económicas, de educación y salud, de seguridad y responsabilidad fiscal, pertenece al ámbito de la razón, de la inteligencia práctica, carentes, claro está, de exactitud total y predecibilidad de éxito seguro.  Porque participa esa dimensión del reino de la acción, que es siempre inseguro, variable, inexacto.  Constituye, sin embargo, un quehacer racional, cuando se define, se declara y se defiende como futuro posible.

Ligado y condicionado --- facilitando o impidiendo --- ese proceso racional, están las pasiones humanas del poder, el dinero, las influencias malsanas, muchas veces más poderosas que la razón:  apetitos, sed de gratificaciones instantáneas, narcisismo protagónico, afán de dominio y ostentación.  Ese proceso rodea y condiciona lo que los procesos y la voluntad racional definen, proponen y quieren realizar como futuro de la comunidad política.

En los dos grandes partidos que se turnan en el poder gubernativo en Puerto Rico, esa dupleta razón-pasión va cobrando visibilidad y perfil ostensible.  No se trata de que la ambición política personal sea irracional.  Tiene la razón práctica de ser necesaria al proceso democrático.  Todo depende de cómo se proyecta, tiempo, espacio y circunstancias.  Carente de medida y de prudencia puede derrotarse a sí misma, además de derrotar la causa serena y trabajosa de la razón práctica.

¿Estoy hablando en lenguas, o me entienden mis lectores residentes en Puerto Rico en el 2014?  Estoy hablando de la pequeñez moral de los verdaderos autores del presente desastre, de 1980 al 2012:  de la pasión de los puestos, las candidaturas, los contratos, las escoltas, y suma y sigue.  En todos estos casos la pasión egoísta derrotó a la razón generosa.

La razón como capacidad y la inteligencia como método no funcionan solas.  Se valen de los principios activos de la voluntad, la perseverancia, el valor, para dirigir y transformar el mundo externo de las cosas.  Por el otro lado, la pasión sola no produce soluciones, ni aun los que sus deseos anhelan.  Necesita dirección, luces que le señalen los medios para sus fines de gratificación.

Traducido lo anterior al mundo casi caótico en que vivimos, no es difícil entender que en el proceso social que liga la razón con la pasión el gobierno de un pueblo --- democráticamente legitimado, y la administración de que se vale para realizar sus fines de servicio público --- representa la “razón práctica” que dirige la acción administrativa, mientras que los deseos, las demandas del pueblo, los entramados de la política partidista, representan la pasión.  Pero la pasión no puede dirigir porque es egocéntrica.  Lo más que puede hacer es contribuir con la energías para mover la inteligencia hacia fines deseables.

Ni la razón es de por sí pura y transparente, ni la pasión necesariamente destructiva del Bien Común.  La pasión provee la fuerza que necesita el gobierno; la razón provee la dirección.  Sin la pasión, la política es inerte; sin la razón es ciega, vacía, abstracta.

Dígame el lector por dónde andamos respecto a esta ecuación constitutiva de toda política, especialmente dónde estamos y cómo estamos en el Puerto Rico de 2014.

jueves, 10 de julio de 2014

El Poder y la Responsabilidad en la Democracia


En los regímenes dictatoriales, tiránicos y totalitarios, el poder no tiene que darle cuentas a nadie porque se asume como valor absoluto de los mandones de turno.  El principio de la responsabilidad para con el pueblo sobre el cual gobiernan --- si a eso se le puede llamar gobierno --- les es ajeno y abominable, ya que el poder se legitima a sí mismo con la fuerza.  Realmente en esos casos no se trata de regímenes políticos sino de maquinarias de poder avasallador, contra ideas, personas y sociedad.

Todo lo anterior niega el principio rector de la sociedad democrática, que consiste en dar cuenta y cultivar el consentimiento de los gobernados para validar normativamente --- normas y leyes --- la acción del Estado y del gobernante.

Cuando en Puerto Rico nos planteamos ese problema abismático de la responsabilidad de los gobernantes --- como personas y como clase --- tenemos que ejercitar implacablemente la memoria histórica.  ¿Quiénes y a cuenta de qué nos han gobernado de 1969 al 2014?  No se trata de dictaduras ni de totalitarismos, sino de gobiernos legales, constitucionales y políticamente democráticos, por lo menos nominalmente.  De tal manera que nuestra presente crisis económica y fiscal se remite a las acciones de esos 7 gobernadores, la mayoría de los cuales controlaban las dos Cámaras legislativas, y cuando no las controlaban obtenían su aprobación para sus propuestas, con la sola excepción de Aníbal Acevedo Vilá, contra quien Primitivo Aponte y los falsos auténticos libraron una guerra santa para sabotear su gobierno.

En todo caso, sumados todos esos personajes, constituyeron y aun constituyen la clase política del País, y mientras este se hunde en el hoyo negro de la quiebra económica y fiscal, disfrutan, inmoralmente, de sus escoltas, cabildeos y fundaciones trompito a costa del pueblo empobrecido de Puerto Rico.  ¡Así paga el diablo!

Existe, como corona de esa irresponsabilidad cumulativa, el episodio siniestro de la destrucción de las empresas 936, espina dorsal de nuestro desarrollo industrial, empleo bien remunerado y numeroso, y sostén --- por su efecto multiplicador --- del crecimiento económico que a la vuelta de la esquina se traduce en solvencia fiscal, en vez de la crisis aparentemente terminal que hoy sufrimos.  Ese es el legado abominable de Romero, Rosselló y Fortuño, en busca de la quimera de la estadidad.

Ese es el legado, en fin,  de esa clase política ñoña que hemos sufrido durante el último medio siglo. 

Luego analizaré la crisis fiscal a la luz de otra dimensión de la irresponsabilidad que la ha provocado: la dimensión federal.

Un Gobierno Autista y un Pueblo Espantao


Si uno se interna en el bosque y no marca los árboles para el regreso, cae en el sentido de perdimiento y naufragio que aqueja al pueblo de Puerto Rico en el momento que escribo.

Nuestro pueblo se siente anonadado, confundido, perdido entre las sombras de lo que pretende pasar por explicaciones y justificaciones de su confusión.  Sus líderes no explican, y cuando lo hacen lo más que pueden articular son frases sueltas, sin articulación gramatical ni lógica.  El pueblo intuye que están trabajando, bregando contra la tupida urdimbre de la complejidad económica, financiera y fiscal.  Y quiere creer, pero no le brindan los asideros por donde elevarse al entendimiento de la crisis.

Hace apenas seis o diez meses que todo estaba aparentemente claro:  José Ortiz, Jorge Rodríguez, Miguel Cordero y Josué Colón respiraban optimismo:  optimismo de enormes bonos de productividad mientras quebraban la Agencia (AEE).  Expulsados de allí por efectos de su palpable corrupción, la Agencia ha caído en la mortandad financiera que sólo la imagen de los cocodrilos jadeantes en los “Everglades” de la Florida pueden comparar.

La nueva gerencia de la AEE está sumida en la búsqueda de fondos con qué pagar las deudas heredadas de los cinco gobernadores anteriores y no los encuentra.  Si el gobierno no sabe, ¿qué va a saber el pueblo de las porquerías financieras heredadas?

Hay que abonarle a la gerencia de la AEE y al Gobernador su valor para enfrentarse a la crisis, aunque el pueblo está a oscuras sobre esa peripecia trágica.  Confía en la honradez y en la motivación de servicio --- aun desde las catacumbas de la corrupción e incompetencia previas --- de los que lidian en la oscuridad contra el estercolero heredado.

Da pena y compunge el espíritu el que los cuatro sindicatos más económicamente privilegiados del País --- UTIER, UIIA, Fondo del Seguro del Estado y la TUAMA estén en las calles gritando su insolidaridad con el País, negándole los servicios esenciales, a nombre de sus ingresos privilegiados.  Esos son otros que se internaron en el bosque y no se llevaron consigo la tiza para marcar los árboles en el regreso a la luz.

El gobierno no explica, y al pueblo se le brotan los ojos de espanto.

domingo, 6 de julio de 2014

La Crisis es Moral: La Clase Política ha Traicionado al Bien Común


Pueden hacerse todos los análisis que el intelecto es capaz de diseñar, en apología de los gobiernos que se apropiaron los haberes públicos del País, y pueden producirse cifras realistas o inverosímiles sobre la magnitud del desfalco financiero del Estado Puertorriqueño --- cifras correctas, plausibles o inventadas ---, pero aun así el pueblo puertorriqueño no tiene la menor idea de la traición de que ha sido víctima a manos de los 7 gobernadores --- de 1973 a 2012 --- en que confió para dirigir su destino desde la gobernación.  Tres de esos gobernadores fueron reincidentes --- Hernández Colón, Romero y Rosselló.  Luis Fortuño fue la culminación de esa corrupción, personal y pública.

En torno a esos gobernadores pululó una clase política de valores y actitudes intercambiables.  Se casan entre sí, frecuentan los mismos centros sociales, restaurantes, iglesias y entretenimientos sociales y deportivos.  Se guardan las espaldas entre sí y se contratan mutuamente para engrosar sus caudales.  A eso llamó Wilfredo Pareto, el sociólogo político italiano de principios del siglo pasado “La circulación de las elites”.

Una memoria --- aunque sea corta --- de la peripecia económica y administrativa de la AEE, AAA y del Fondo del Seguro del Estado, no deja resquicio para dudar que esas tres instrumentalidades públicas han sido saqueadas en forma sistemática y corrupta, por sus ejecutivos, sus gerenciales, sus sindicatos, en servicio a las personas y los partidos que se las han repartido.

Hoy, a la altura de 46 años de corrupción personal y mangoneo político, sus gerentes a todos los niveles, y los sindicatos aliados, dan vueltas como cucarachas al impacto de la luz que se dirige a exterminarlas.

Se dice que agua pasada no mueve molinos, pero quizás la peste de su desgraciado cúmulo aleccione para el presente y el futuro.  Porque se trata nada menos de una alianza --- una coincidencia insana --- de los partidos que hasta el 2012 han renegado de sus orígenes, y como clase política se han robado la sustancia del haber público --- moral y económico --- y lanzado al País a una quiebra virtual.

Está por verse si los esfuerzos valientes de Alejandro García Padilla y su pequeño grupo de funcionarios serios pueden evitar el abismo que otros propiciaron con su avaricia económica y su torpeza moral.

Porque la crisis es moral, y tiene autores conocidos, que sabiéndose autores guardan silencio mientras se esconden detrás de sus escoltas y fundaciones.

Los Elementos de la Obligación Política


¿Obligación?  ¿De quién y con relación a quien?  Del Estado democrático para con el pueblo que lo instituye, lo juzga periódicamente, y lo valida o lo rechaza y lo destituye.  A eso llamaba Nicolás Maquiavelo y todos los tratadistas que le sucedieron, hasta John Locke a fines del siglo XVII y Tomas Jefferson a fines del siglo XVIII, la “razón de estado”, o en el lenguaje más sencillo de los políticos y la ciudadanía, el “police power” para con sus representados y el pueblo en general.

Lo que el Gobernador Alejandro García Padilla y la Legislatura de Puerto Rico aprobaron es una variante de esa obligación política de los gobernantes hacia los gobernados en un sistema democrático representativo.

Traducida al lenguaje ordinario esa obligación política, estamos hablando de los servicios que el gobierno le debe al pueblo, entre ellos, principalmente, los de salud, educación, seguridad y oportunidades de empleo.

Que aparezca en el discurso público una corporación de especulaciones en bonos y préstamos y le diga al mundo que Puerto Rico ha cometido el enorme crimen de anteponer los servicios al pueblo por sobre el pago a tiempo y totalmente de su deuda bursátil constituye una obscenidad moral que hay que repudiar con todas las fuerzas que la responsabilidad y el patriotismo exigen.

Ahora bien, si la intuición moral y el sentido común, y el derecho vigente que representa la justicia absoluta, resultaran derrotadas en las cortes del imperio, ¿qué vamos a hacer como pueblo?

Esa pregunta tiene carácter abismático para nuestro pueblo.  Yo sé cual debe ser la respuesta, pero quiero escuchar otras voces, otras conciencias, sobre tal condición hipotética y moralmente límite.

miércoles, 2 de julio de 2014

Alejandro Entre El Bautista y Tiresias


En la mitología antigua, tanto cristiana como pagana, existen arquetipos representativos de alternativas polares --- contrapuestas --- sobre la salvación humana en la comunidad política.  El Bautista, supuesto anunciador de la salvación que Jesús de Nazaret representaría para el pueblo judío, representó la antípoda de otro arquetipo antiguo, Tiresias, un personaje portador de malas nuevas para los héroes trágicos del drama griego.

En la depresión económica y de espíritu que la presente situación social y política exhibe, esos dos modelos de liderato se imponen a la conciencia pública.  Por un lado, el Gobernador enfrenta y confronta a los abusadores traficantes de bonos, mientras Tiresias dirige el coro del derrotismo, y le echa en cara al Gobernador su anuncio esperanzador de que aún bajo las presentes circunstancias la economía sigue produciendo empleos, nuevos empleos.  Entonces se le ataca de optimismo vacío y sin apoyo en la realidad.  Quisieran que el Gobernador se uniera al lamento lagrimero de los Tiresias de la vida.  El Gobernador no es el Bautista, pero no puede ser Tiresias, anunciando a su pueblo la perdición sin retorno.

Decía el historiador inglés Collingwood, barajando la gravitación de la tierra con la altura de los cielos que el hombre prudente tiene que hacer ambas cosas, los pies en la tierra y la vista en los cielos.  Denunciar los abusos de las casas desacreditadoras de Puerto Rico, en defensa de nuestro pueblo --- pies en la tierra --- y reconocer los esfuerzos del gobierno y la empresa privada por la creación de nuevos empleos --- ojos en las alturas --- dista mucho de ser moral o políticamente contradictorio.

Los Tiresias de la vida deben aguantar las ganas de que el Gobernador y Puerto Rico fracasen para sentirse más cómodos en sus “análisis profundos”.

Crisis Económica y Crisis Moral en Puerto Rico


Una crisis económica, como la que se dio en los Estados Unidos de 1929 a 1940 --- la Gran Depresión --- que alcanzó ribetes mundiales al coincidir con graves tendencias totalitarias en Europa --- Fascismo y Comunismo --- parece que nos azota desde el 2006, sin señales de finalizar mediante un reequilibrio de los factores que la constituyen: producción, empresarismo, empleo, condición fiscal resultante, entre otros.

No podemos, sin embargo, hablar con propiedad de crisis política.  Porque no ha habido crisis constitucional alguna, ni alteración notable en las conductas de los agentes políticos que conducen los  vagones de la competencia democrática: partidos, grupos de intereses particulares, discusión y comportamiento, en busca de consensos entre las tres Ramas del Estado: Legislativo, Ejecutivo y Judicial.  Las mini-crisis dentro de ellas y contra ellas no han llevado la sangre al río.

El ámbito político --- Gobernador y Legislatura --- han confrontado mayormente la crisis económica de manera seria, valiente y eficaz.  Donde existe una verdadera crisis es en la elite política de los partidos cuyos gobernadores son responsables de la crisis económica:  Carlos Romero, Rafael Hernández Colón, Pedro Rosselló, Sila María Calderón y Luis Fortuño, incluyendo en esa tribu a los parientes y dolientes de la chupeta pública, que han succionado el tesoro público abusivamente, mientras destruyeron la base fiscal que sustentaba la posibilidad misma de ofrecerle al pueblo los servicios que necesita, gracias al endeudamiento irresponsable y demagógico en que incurrieron sin fuentes de pago, y que hoy frustra al gobierno y al País en la parálisis económica y fiscal.

El Gobernador y la Legislatura han respondido a este reto con valor y entereza.  Pero desmoraliza sobremanera al pueblo saber que los exgobernadores --- y los jueces que un día mandaron al Tribunal Supremo --- no acusan en sus conciencias la crisis que crearon.  Lo de ellos es el dinero, las escoltas para protegerlos del pueblo, los cabildeos que venden la influencia que el pueblo ingenuamente les concedió.

Que dos exjueces del Tribunal Supremo, Antonio Andreu García y Federico Hernández Denton --- exfuncionarios partidistas de Rafael Hernández Colon --- retirados con pensiones de sueldo completo, heredable por sus esposas, alquilen esa influencia al mejor postor, el Banco Doral, en un pleito contra el Departamento de Hacienda, rompe con todos los récords de amoralidad pública en Puerto Rico.

Por eso digo, la crisis es económica y fiscal, mas no política.  Pero sobre todo, la crisis es moral, de parte de aquellos que el pueblo encumbró y hoy muerden la mano que los alimentó.  Ese establo político y moral de Rafael Hernández Colón le cuesta al pueblo mucho más que los buitres bonistas que amenazan con destruirlo.