viernes, 19 de septiembre de 2014

El Despido de Ingrid Vila como Secretaria de la Gobernación


Mi título de hoy habla por sí sólo.  Ingrid Vila no renunció, fue forzada a hacerlo protocolariamente porque la verdadera razón de su salida es inconfesable para el Gobernador, y ella, elegante como es, le permitió la mentira de que le aceptó la renuncia que, supuestamente voluntariamente ella iniciara.

La significación de esa renuncia es enorme en su simbolismo político, y costosa para una administración pública digna y racional.  Todo el País debiera saber, como todos los medios de comunicación ya saben, que el Gobernador actuó, al prescindir de los servicios de la señora Vila, a instancias del gobernador de facto, su hermano mayor Antonio García  Padilla, de tan funesta recordación en la Universidad.

¿Por qué? Porque estorbaba con su rectitud a los procuradores de contratos y prebendas auspiciados por el hermano, por quien nadie votó en Puerto Rico.

¿A quién más estorbaba la rectitud de la señora Vila?  A los políticos del PPD, a los alcaldes chanchulleros que negocian su protagonismo local a cambio de prebendas y concesiones que sólo Fortaleza puede conceder, pero que eran ajenos al concepto de servicio público de la señora Vila.

Todo lo anterior significa una sola cosa:  en menos de dos años y faltando más de dos años para el cambio de gobierno, Alejandro García Padilla ha cambiado de rumbo y de agenda.  De una obligación de gobierno serio, racional y centrado en las necesidades objetivas del pueblo, a un enfoque electorero, partidista, por los próximos dos años y pico.  Se trata de un cambio de rumbo y de compromiso:  en vez de servirle al País a lo Ingrid Vila, servirle al partido para volver a ganar.  Y uno se pregunta:  ¿ganar para qué? ¿Para hacer lo mismo el próximo cuatrienio?

Repito una idea cuya realización impediría en el futuro virazones tan dañinas como la que hoy comento:  el gobernador de un sólo término de 6 años, porque la reelección es la madre de esta negación de servicio al pueblo como única justificación del poder que ese pueblo le confiere.  De esa forma el objetivo electorero a mitad de camino no se traga el compromiso de servicio sobre todas las otras consideraciones.

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