miércoles, 27 de marzo de 2013

La Implosión de la Universidad


No tengo que aclarar mucho que cuando hablo de la Universidad sólo me puedo referir a la Universidad de Puerto Rico, la única que merece ese nombre, por su historia, por las alturas académicas que alcanzó en mejores tiempos. Lo demás es viruta: colegios comerciales, técnicos de bajo nivel, “trade schools” como le llamaba Robert Maynard Hutchkins, el ilustre reformador de la educación superior en los Estados Unidos.

Tenemos en Puerto Rico como una docena de instituciones de muy modesta calidad, que a poco de establecerse por razones de lucro, se ponen como adorno el nombre de “universidad”, para mantenerse con las becas Pell, como verdaderos traganíqueles.

La Universidad de Puerto Rico es la única que ha dignificado su nombre a lo largo de sus 110 años de desarrollo.  Hubo un momento, de 1942 a 1972, que alcanzó un desarrollo y un prestigio, en America Latina, el Caribe, y aún el los Estados Unidos, que honró su intrínseca naturaleza de saber universal, teórico, práctico, y productivo de artes y profesiones a la altura de los tiempos.

Esas décadas gloriosas las presidió Don Jaime Benítez, y dos generaciones de jóvenes académicos que cultivamos la educación general, liberal, la educación especializada, y las profesiones que contribuyeron al desarrollo de Puerto Rico, en Derecho, Administración Pública, Administración de Empresas, Planificación Económica y Social, Educación y Trabajo Social, entre otras disciplinas que eran parte del proyecto de Puerto Rico.  A aquella Universidad le dediqué 40 años de mi vida.  Porque en aquellos tiempos --- en el gobierno y en la Universidad --- había proyecto de creación y transformación, a diferencia de la nada que hoy nos angustia.

La historia de ese proyecto, articulado en cada discurso de Don Jaime, o de Abrahán Díaz González, o de Don Luis Muñoz Marín, necesita tratamiento más completo y más extenso.  Aquí meramente lo señalo como contraste a la anemia intelectual que sufre el País, desde Fortaleza hasta La Torre.

Sólo quiero señalar hoy que ese proyecto universitario ha sido mancillado, implosionado, por la mediocridad bipartita criminal con que hoy se destruye la Universidad.

Un Presidente tonto, punto menos que analfabeto, desgracia con su idiotez el nombre y lo que queda de realidad en la Universidad, que reside en su claustro académico y sus estudiantes.  Responsabilidad por ello recae en los dos partidos de gobierno, y en sus recientes gobernadores.  No hay concepto, no hay idea, no hay proyecto universitario.  A los cinco meses de unas elecciones supuestamente decisivas para salvar el País de la corrupción criminal de Luis Fortuño, tal parece que es él quien gobierna, porque no hay valor, ni carácter, ni voluntad, ni comprensión política de lo que vive el País para por lo menos ofrecerle una esperanza creíble.

La Universidad ha pasado, en los últimos diez años, de ser un orgullo nacional y universal, a ser una vergüenza cotidiana, a los cinco meses de haber el pueblo votado por su rescate.  ¿Para qué sirve la democracia?, se preguntan muchos.  Pues sirve, cuando menos, para decirle la Verdad al Poder. 

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