viernes, 6 de diciembre de 2013

Mandela...


¿Cuál es la emoción inevitable que produce la jornada final por todos los valores exponenciales que la conciencia humana permite?  Es una de asombro, lo que en inglés llamaban “awe”, parálisis ante la grandeza.

Mandela fue primero maestro de su pueblo --- y sufrió todas las opresiones que los tiranos tenían a mano --- y enfrentó a una casta blanca, minoritaria en posesión monopolística de la fuerza bruta.  Por eso tuvo que convertirse en revolucionario, ofreciendo su vida cada día sobre el picador del racismo furibundo de los déspotas.  Veintisiete años en la cárcel y soledad física tras los barrotes, pero acompañado por los portadores universales de la conciencia libertaria, en África y fuera de África.

Triunfante, como en el caso de Gandhi, su resistencia espiritual como sostén de la física, trascendió entonces el rol de maestro y revolucionario hasta alcanzar exitosamente el arte de la política, esto es, la construcción de consenso con los materiales de la diversidad:  castas, razas, intereses, partidos, para cuajar una agenda nacional de unidad, en el silencio de las pasiones y los resentimientos.  Mediante esa grandeza de alma le regaló a su pueblo --- incluidos lo represores de ayer --- un país democrático, próspero y libre.

Sócrates pagó con su vida la temeridad de enseñarle a la juventud a pensar críticamente.   Jesucristo pagó con la suya su empeño de sembrar el amor y la paz en la Judea de su tiempo, mientras predicaba lealtad cívica al Cesar, Tiberio, que no entendió nada. Gandhi ofreció su vida ante un asesino hindú que no entendió tampoco su prédica de paz entre India y Pakistán.  Igual aconteció a Martin Luther King, nada menos que a mediados del siglo XX.  La paz y el eros cívico son programas costosos, en vidas y en actitudes sacrificadas para el beneficio de los que apenas si lo entienden.

Mandela tuvo, por excepción, el privilegio de un producto satisfactorio y aleccionante de su vocación de maestro, revolucionario y político en el más alto sentido de la palabra.

Por todas las señas de la experiencia se fue feliz.

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