miércoles, 8 de octubre de 2014

Obama Entre Hamlet y Segismundo


Las actitudes y las decisiones --- o falta de ellas --- de Barack Obama sobre sus problemas de política exterior me provocan el recuerdo del príncipe danés y del angustiado Segismundo, antihéroe del drama “La Vida es Sueño” de  don Pedro Calderón de la Barca. El hombre tiene dificultad para tomar decisiones desde la poltrona más poderosa que ha conocido la historia desde los tiempos de Augusto César, en la plenitud del Imperio Romano.

Después del éxito manifiesto en Libia, le tembló el pulso en Irak, y se paralizó frente a la osadía de Assad en Siria.  Anunció un ataque y se dejó engañar por Putin, el padrino y suplidor de armas a Siria y se le hizo tarde de ahí en adelante.

No vio el desarrollo de Isis hasta que dominó mitad de Irak y mitad de Siria.  Y cuando decide responder militarmente, se limita al aire y se priva de utilizar la infantería --- botas en el suelo --- en una estrategia de lucha con los brazos atados, lo que ha sido duramente criticado por sus últimos dos Secretarios de Defensa, Gates y Paneta.

Harlod McMilan, el Primer Ministro inglés de los años sesenta, se adelantó en su pensamiento sobre Obama al caracterizar el liderato de Adlai Stevenson en los Estados Unidos de los años cincuenta.  De él decía, como candidato no sólo a Presidente de Estados Unidos, sino como líder del mundo libre, que era un buen “staffman”, es decir, bien definidor y organizador de los preparativos del hombre de acción ejecutiva, pero carente del “stuff of command”, esto es, de la capacidad de decidir y actuar, aun frente a la incertidumbre.

Así eran Hamlet y Segismundo:  mucho albedrío, pero poca libertad de acción transformadora.

En política interna, en el ámbito social, Obama luce competente, ilustrado, efectivo.  Pero en la toma de decisiones sobre la guerra y la paz, y sobre el uso del enorme poder y responsabilidad de los Estados Unidos, le tiembla el pulso, y llega tarde a las disyuntivas que le definen sus enemigos.  Poco falta para oírle decir, en las reconditeces de la Casa Blanca, lo que dijo aquel otro… ¡Pasa de mí esta copa!  Eso no da el grado para la altura de nuestros tiempos.

Decía John Dewey, el gran filósofo norteamericano del siglo 20:  “En momentos de crisis, mientras los puros y santos acuden a la introspección, lo pecadores empedernidos gobiernan el mundo”.

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