martes, 11 de febrero de 2014

Nadie Gana Batallas con Armas Ajenas


Mi título de hoy está tomado del historiador y pensador político de principios del siglo 16, Niccolo Maquiavelo.  Las simplificaciones y superficialidades de sus detractores --- mala prensa --- lo han hecho pasar a la historia moderna como un cínico del poder: “El fin justifica los medios”, cuando lo que el señaló fue la obvia verdad de que si usted quiere un fin particular como objetivo de su acción tiene que atenerse a los medios que ese fin exige, y no otros, que resultarían irrelevantes.

Pues bien, el estudio de la historia antigua, especialmente de la Roma republicana --- que él admiró por sus instituciones libertarias y por la pluralidad de las fuentes del poder --- le reveló, junto a su experiencia política, diplomática e historiográfica de los principados italianos del Renacimiento, que un príncipe exitoso tiene que librar sus batallas, y pelear sus guerras, con recursos propios, y nunca con armas ajenas, que hoy están y mañana desaparecen.

Esa doctrina de realismo político es especialmente aplicable a las vicisitudes que hoy vivimos los puertorriqueños cuando despertamos a la realidad de que la fuente de nuestro tesoro público anual --- el presupuesto --- desde los años ochenta no ha sido el trabajo y el producto fiscal de nuestro propio pueblo sino los préstamos tomados a extraños, sin límites, sin responsabilidad y sin fuentes seguras de repago.

La pregunta que tiene que imponerse a la mente pública en estos momentos es sencilla y condenatoria:  ¿en qué estaban pensando nuestros gobernadores, desde Rafael Hernández Colón hasta Luis Fortuño, cuando presentaban a la Legislatura, y esta aprobaba sin preguntas, presupuestos falsos, espurios?

La victoria, dijo John Kennedy a raíz del fiasco de  la Bahía de Cochinos en 1961, tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana.  Ya salieron los traficantes de aquellos presupuestos falsos a negar su participación en ese “monumental hoax”, con el consabido “yo no fui”.  Hernández Colon ahora quiere dar cátedra de “valores” y de “solidaridad” desde la guarida de Ponce donde disfruta de los privilegios leoninos de escoltas, oficina de exgobernador y millones para una fundación espuria que nada aportan al País.  Rosselló  ha dicho lo mismo, mintiendo y regodeándose en un nicho parejo al de Rafael.  De Carlos Romero Barceló, no se hable, en su función de roedor de fondos públicos a lo Rafael.  Doña Sila no se ha quedado atrás:  “Yo tampoco fui”.  Aníbal Acevedo Vila ha guardado un silencio discreto, porque sabe que también él fue.  Fortuño anda por los Estados Unidos dándose loas a sí mismo por su gran obra.  Sus cuatro años fueron de mafia cruda, de perversidad sin límites.

La realidad y la verdad, por ser tales, se imponen a la larga, rebotan.  Le ha tocado a Alejandro García Padilla bregar con esa herencia funesta.  Lo está haciendo con rectitud y sentido de responsabilidad.  Hay que apreciarlo y ayudarle.

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