jueves, 15 de mayo de 2014

La Democracia Aritmética y la Democracia Política


La fe democrática encierra en sus entrañas una paradoja, porque desde el punto de vista práctico --- de alguna manera hay que decidir las contiendas por el poder legítimo --- la mayoría aritmética tiene derecho a imperar sobre las minorías.  Ahora bien, todos sabemos que unos cientos  votos de mayoría en manera alguna representan la virtud política fundamental:  la justicia como encarnación de Bien Común, porque pueden darse mayorías aritméticas, mecánicas, que nieguen precisamente el Bien Común.

¿Cómo se espanta la democracia ese tufo de superficialidad meramente numérica, populista, demagógica, sin compromiso y articulación de los ideales operantes de la comunidad, rumbo a la vida buena colectiva que es solidaria, orgánica, cualitativa?

No hay más respuesta a esa interrogante existencial que no sea el liderato.  Puesto que por más que cacareen los partidos y las campañas sobre este o aquel programa, todo eso es paja en el momento de la acción desde el Estado para producir el Bien Común.  Lo que realmente se vota y lo que queda después de la fanfarria electoral es el liderato, las personas que dicen o quieren representar al pueblo.  A ese nivel, las mayorías aritméticas quedan atrás y se impone la visión, la virtud política, la voluntad empleada desinteresadamente en servicio al pueblo como paga por su buena fe sana e ingenua, muchas veces ignorante, a favor de sus líderes.

Decía el pensador inglés A.D. Lindsay que el voto de todo el pueblo adulto se justifica, no importa su escala social o su cultura individual, porque a fin de cuentas “cada uno es quien mejor sabe donde le aprieta el zapato”.  El más pobre y el más simple sabe eso mejor que nadie más.  Entonces selecciona, vota, por representantes, por un conjunto de liderato.  En ese momento la responsabilidad por el rumbo social es de los líderes.  Entonces se presentan dos opciones.  O el líder honra las necesidades y aspiraciones del pueblo, o le da la espalda.  Y no sólo le da la espalda sino que organiza el poder de ese pueblo para engañarlo, engatusarlo, para negarle la sinceridad y la integridad de su experiencia, del zapato que aprieta.  De ahí en adelante la democracia es una farsa, una traición.  La democracia integral, moral, como praxis del Bien Común sale traicionada.

Épocas ha habido, en Puerto Rico y en los Estados Unidos --- Franklin D. Roosevelt y Luis Muñoz Marín, por ejemplo --- en que la democracia moral, la del Bien Común, ha superado la mera democracia aritmética, necesaria pero crasamente insuficiente para un pueblo digno.  Ese es precisamente el dilema a que se enfrenta nuestro pueblo en el momento de crisis total que hoy sufre:  la democracia como aritmética electoral o la democracia como compromiso y juramento moral.

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