martes, 12 de febrero de 2013

Desconcierto


Awilda Carbia hubiese tenido una buena idea de lo que pasa en Puerto Rico si no nos hubiese abandonado prematuramente.  Porque a todos los niveles de nuestra vida pública y social --- económica, financiera, legislativa y cultural, educación, Universidad, Municipios --- no sólo nos estremece el desencanto, sino la desmoralización y el descreimiento con relación a aquellos que nos ofrecieron salidas posibles, eficientes y éticamente responsables.

Un cuatrienio no consiste de un mes y pico de tanteos, temblequeos y expresiones melosas de buenas intenciones.  El liderato político, como los árboles recios que van a la construcción de nuestros hogares y edificios, tienen que tener núcleos duros y resistentes, además de corteza y cáscara.  Eso es lo que el País echa de menos en su gobernador a tres meses de su victoria electoral de noviembre.

Aventuro una tesis explicativa del desencanto del pueblo frente al nuevo gobierno.  No debe tomarse literalmente en sus términos, porque se trata de una idea histórica y filosóficamente compleja.

Se trata de lo siguiente.  La democracia representativa, no menos que las monarquías absolutas o moderadas, supone en el fondo una actitud de expectativa de que el rey --- monarca o presidente --- le responda a la sociedad por la dirección y el rumbo del Estado.  En las monarquías la herencia y la tradición se encargan de realizar esa expectativa del pueblo.  Los pueblos son monárquicos en su sicología política aunque sus constituciones sean liberales, de separación de poderes y de mecanismos electorales para escoger dirigentes, que efectivamente dirijan.  La vida política, democracia o no, aborrece el vacío.

En el Puerto Rico que vivimos, a tres meses del cambio político, eso es lo que percibimos y vivimos, el vacío.  Un vacío que me recuerda la poesía de Palés de 1936:  PUEBLO – “Piedad Señor, para mi pobre pueblo, donde mi pobre gente se morirá de nada…”

Hay políticos que son simpáticos, atractivos, locuaces, decentes y honestos, pero no tienen “gravitas”, o “dignitas”, como exigían los romanos de sus dirigentes.  Ese tipo de político, llegada la hora y la necesidad de la acción, se convierte en otro espectador, a merced de que los marrulleros y los tajureadores del poder y del dinero le permitan adelantar su supuesta visión y programa comprometido al pueblo.  En esa tesitura, sólo necesita una derrota, una vacilación, una entrega --- como hizo Fortuño con Rivera Schatz --- para convertirse, prematura y deslucidamente, en historia.

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