domingo, 30 de marzo de 2014

Variación sobre un tema de Evita Perón: El Lloriqueo sobre la Emigración


Una de las formas en que en nuestros días se expresa el romanticismo ideológico es el del lamento borincano sobre la emigración de los puertorriqueños a los Estados Unidos, por causas estrictamente económicas.  Ese lloriqueo seudo-patriótico me recuerda al de muchos argentinos sobre el vía crucis de Evita Perón durante la dictadura peronista y luego sobre la subsiguiente dictadura militar de los generalotes.

“No llores por mí, Argentina”, decía la insigne defensora del pueblo, para quien su martirologio estaba transparentemente claro; se es o no se es defensora del pueblo, mártir de su causa, sin sentimentalismos o lloriqueos.

Muchos comentaristas de la cosa pública en Puerto Rico lamentan a diario el creciente proceso de emigración puertorriqueña a los estados.  No es la primera vez ni la más numerosa.  En los años cincuenta del pasado siglo la emigración era masiva, continua y organizada tanto para salir de aquí como para recibirlos y ayudarles allá, con oficinas del gobierno para esos propósitos.

¿Y porqué se iban entonces?  Por las mismas razones que emigran ahora:  buscando trabajo, una mejor vida para sus familias.  Entonces, de 1941 al 1960, mientras Puerto Rico peleaba sus batallas de producción y manos a la obra, la población resultaba demasiado numerosa para los empleos que la economía privada o el gobierno podían producir.  Por tanto, se necesitaba una válvula de escape, por lo que aquella emigración ayudó grandemente a equilibrar la relación de necesidad familiar y empleo.  Luego, cuando el desarrollo económico lo permitió, muchos de nuestros compatriotas regresaron, con destrezas y recursos para su propia manutención.

Hoy, ante el desempleo rampante, y la necesidad apremiante, el puertorriqueño joven, y el profesional desempleado emigran por las mismas razones que en la década de los 50 del pasado siglo:  para su mejor bienestar personal y familiar.

¿Qué se pretende con el lamento borincano nuevo?  ¿Que se queden aquí, en la penuria y la desmoralización?  Precisamente, esa es una de las ventajas del ELA – un subcontinente como ámbito migratorio de la común ciudadanía, sin pedirle permiso a nadie.

Toda la historia de la humanidad es una de emigraciones e inmigraciones, en el mundo ancho y ajeno que es la modernidad.

No lloremos por los que emigran; lloremos por los que se quedan, en la miseria y la frustración.  El que emigra, como Evita Perón, sabe lo que quiere, a qué aspira, y donde conseguirlo, sin miedo de que se los trague el holandés.

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