jueves, 15 de noviembre de 2012

Promesas y Responsabilidades del PPD: Educación. Parte 2


Me enfoco hoy en la segunda parte del compromiso de reconstrucción social contraído por el PPD y Alejandro García Padilla.

Antes de dirigirme al tuétano de lo que está envuelto en una verdadera reforma educativa, tengo que acusar recibo de la atención seria y definitiva que recibió ayer el asunto de la “reforma legislativa” que tanto preocupa al País, especialmente a la luz de unas ambiguas vacilaciones expresadas por algunos senadores.  El gobernador electo actuó rápida y efectivamente para conjurar cualquier intento de saboteo de ese compromiso moral, programático y personal de parte de Alejandro.  Eso me permite pasar a la segunda parte de esta trilogía --- la educación en todos sus niveles ---, dando por sentado que la economía, como afirmé ayer, es la pieza maestra posibilitante de todas las otras reformas.

En Puerto Rico se han realizado tres reformas educativas en los últimos 75 años.  La primera la realizó el doctor José Padín, en el año 1937, y su principal componente fue el rescate del idioma español como vehículo de enseñanza, por lo menos hasta el séptimo grado.  Porque hasta entonces, bajo la dirección del republicano José M. Gallardo, nombrado por el Presidente de Estados Unidos, se impuso un programa de asimilación cultural y lingüística que suponía que maestros que no sabían ni papa de inglés enseñaran todas las materias en inglés.  Así eran, y así son los republicanos, porque eso ha pretendido también Luis Fortuño 75 años después.

La segunda reforma la instituyó el doctor Ángel Guillermo Quintero Alfaro, de 1961 al 1968, y que consistió en un agresivo proceso de re-educación de los maestros, de reconocimiento de su vital función, de seminarios de crítica y auto-crítica por todas las regiones del País, repitiendo en su metodología el proceso de auto-examen que pusimos --- él y toda una generación de jóvenes reformistas --- en marcha de 1944 hasta 1970, cuando llegaron a la Universidad los sarracenos republicanos incultos e ignorantes a dirigir un organismo complicado, que no entendían, y que lo único que podían hacer era destruirlo.  Como han hecho otra vez, ahora.

La tercera reforma educativa de la educación pública, que tuve el privilegio de dirigir durante el año y medio de su gradual implantación, ocurrió desde principios de 1993 al verano de 1994 --- las Escuelas de la Comunidad --- que Pedro Rosselló primero respaldó y después vendió a los intereses políticos y sindicatos norteamericanos, a cambio de respaldo al Proyecto Young, de ingrata recordación.  Pero no sólo vendió la educación, sino que se la entregó para dirigirla al más prominente ladrón que haya jamás pasado por nuestra vida pública, el todavía preso Víctor Fajardo.  Luego dijo que no sabía nada, como supongo que nunca supo que se robó descaradamente una pensión que no merecía por ley.

De 1994 hacia acá la educación pública es un bache de incompetencia, corrupción, timo a los niños y los padres de Puerto Rico, bajo todas la administraciones.  No hay respeto a lo que significa la educación de un niño.

Ayer hablamos de la salud como amparo de la vida nada menos.  Pero esa vida, saludable, hay que desarrollarla en sus potencias, convocando los poderes de la mente mediante destrezas y saberes que le permitan al niño posesionarse del mundo: histórico, natural, social, artístico y técnico.

Para lograr lo anterior, claro está, se necesitan escuelas, planteles adecuados, pero a fin de cuentas la educación no es cemento y varillas, ni papel sanitario ni pupitre y pizarras.  Es mucho más y antes que todo eso:  es desarrollo, reflexión, cultivo intelectual y de la sensibilidad.  Y aquí entran en juego los maestros como mentores.

Claro está que se necesita dinero, y buena administración, económica y eficaz, pero antes que todo eso y como condición previa esencial a la educación  y su reforma, SE NECESITA UN PROYECTO EDUCATIVO,  que es previo y dirige todos los otros factores y componentes de la experiencia educativa.

Ese proyecto educativo supone antes que nada una VISIÓN, y supone una ESTRATEGIA para lograrla.  Lo primero trata de METAS y lo segundo de PROPÓSITOS,  como cuando se dice “para lograr esto, me propongo hacer esto otro”.  Esos propósitos deben concretarse en PROGRAMAS --- en acciones que pongan en relación viva los elementos o factores educativos a nivel de la escuela.  Para eso se toman las ACCIONES y DECISIONES particulares y concretas.

Le propongo a Alejandro García Padilla que cuando entreviste a posibles candidatos para la Secretaría de Educación ensaye este esquema de actitudes y capacidades.  Porque sin ellas volvemos a la rutina burocrática y al gigantismo sonámbulo en educación pública.

Mañana me ocuparé de la Universidad.

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