martes, 28 de agosto de 2012

Cuando el Gobierno se Convierte en Partido


Desde la antigüedad las cabezas más claras, atentas a los procesos, los ideales y los programas políticos, han insistido en que la sociedad no es un monolito unitario --- ni la sociedad histórica ni la ideal --- sino que tiene y se compone de muchas partes, clases, valores, grupos, intereses.  Por eso la tradición de pensamiento que se origina en Aristóteles, tres siglos antes de Cristo en Atenas, hasta el siglo 17 inglés y el siglo 18 norteamericano, la esencia del pensamiento liberal y democrático arranca de la diversidad social y política, que a base de libertades y de voluntad de construir un bien colectivo que sea común --- mediante consenso que supera diferencias legítimas, logra que el estado gobierne como ente público, y que no se reduzca a los intereses privados de ningún partido político.

Porque debe recordarse que un partido político es sobre todo una entidad privada, una asociación que se hace pública para optar por el poder gubernamental.  Pero aún así un partido se legitima cuando propone usar ese poder para el Bien Común, el bien de todo el pueblo.

La formulación más brillante y a la vez más realista de ese pensamiento la proveyeron en 1787 los Padres de la Constitución norteamericana, en Filadelfia primero --- la Constitución --- y luego en Nueva York --- los Artículos del Federalista.

Avergüenza al País el hecho de que Luis Fortuño, americanófilo hasta el fanatismo, ignore --- y si no ignora, falsea y contradice --- esa filosofía norteamericana perenne, desde Washington hasta Obama.

La médula de esa filosofía es el principio--- punto de partida y razón de ser del gobierno constitucional democrático --- de que el gobierno es de todos, de todos los partidos y de todo pueblo.  Que el gobernante lo es de todas las clases, grupos, partidos y personas.  Claro que un partido que gana el poder realizará sus programas y sus políticas públicas mediante personas que crean en ellas.  Pero la historia política puertorriqueña enseña que antes de Fortuño personas pertenecientes a partidos políticos de minoría ocupaban posiciones públicas con lealtad y eficiencia.  La actitud de “yihad” ideológico llegó con Luis Fortuño, y ha destruido la base sociológica pluralista de nuestro gobierno democrático.

Los Padres de la Constitución norteamericana, y de la nuestra --- una línea de continuidad liberal de 1776 a 1952 --- separaron los poderes del estado en tres Ramas cuasi-independientes, para que ningún puñado de hombres guiados por la pasión política arrollara todas las ideas y valores de la diversidad, que es la baza fértil que alimenta el consenso y el cambio.

Contrario a esa noble tradición, que viene desde John Locke (1651), en Inglaterra, pasa por los Padres de la Constitución norteamericana y alimenta la profundidad y grandeza que los Padres de nuestra Constitución enmarcaron en la conciencia política nuestra, Luis Fortuño ha establecido un gobierno totalitario: mi partido es el Pais. 

Esa conducta de Luis Fortuño, con su incultura y mediocridad patente, pretende desmochar esa noble tradición pluralista.  Se trata de una conducta moral e intelectual estrafalaria, al servicio del dinero, del suyo y del de sus amigotes, a quienes ha transferido los haberes públicos mientras hambrea el servicio y las necesidades de todo el pueblo.

Luis Fortuño no es gobernador de Puerto Rico.  Es gobernador de la mitad del pueblo.  La otra mitad la considera enemiga.  Con ella no hay que hablar, ni consultar, ni limar diferencias, sino apalearla, atropellarla, insultarla, porque, como él ha dicho, “no votaron por mí”. 

¡Hay algo malo en este cuadro!

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