viernes, 10 de agosto de 2012

Dos Campañas y Una Sola Realidad

Los partidos políticos y sus líderes tienen la responsabilidad de comunicar al público democrático --- su poderdante --- las ideas y programas que justifiquen la preferencia del pueblo por sus posturas.

Desde los días de Edmund Burke y sus enjundiosos discursos en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña --- para las décadas finales del siglo 18 --- muy pocos políticos han asumido esa responsabilidad de conducir las campañas políticas y las sesiones legislativas como foros educativos, para enaltecer el nivel de discurso y deliberación del público democrático.

En los Estados Unidos del pasado siglo algunos políticos, los más serios, concibieron las campañas políticas como foros para educar las cabezas y alentar los corazones hacia la causa que presidían:  Adlai  Stevenson de 1952 al 1960 y Jimmy Carter de 1976 al 1984.  Por virtud de esa actitud se gana o se pierde, pero el electorado queda más ilustrado con respecto a sus propios problemas.

En la hora presente en Puerto Rico, al cabo de 80 años de vía ascendente en todos los renglones que sirvieron de punto de partida en 1940, vivimos la crisis económica, política, moral e institucional más grave a todo lo largo y lo ancho del País.  Y para conjurarla, para enderezarla, no existen más que dos actitudes y métodos, suponiendo que líderes y partidos tengan soluciones que ofrecer.

Antes que nada, es crucial determinar el concepto que la inteligencia y el sentido común del pueblo le merezca a los dirigentes.

Ejemplo:  en el 2008 Luis Fortuño mandó a Charlie Rodríguez a producir un mamotreto de promesas fatulas, falsas, irrealizables --- porque Fortuño en parte no tenía la cabeza ni la intención para entenderlas y cumplirlas.  Hoy, enfrentado a su fracaso, intenta repetir la operación: de hecho su campaña es un operativo de confusiones y falsedades organizadas como una ofensiva militar.  Detrás de ellas no hay verdad, porque no hay realidades que correspondan.  De ahí no se puede sacar una campaña educativa, que tendría que estar regida por los hechos, con la razón como arma.  A falta de la verdad y la razón, Fortuño apela a la publicidad, y para eso le sobran los millones, extraídos de los contratos leoninos que le da a los amigotes y sus corporaciones.  Es Mit Rommney en Puerto Rico.

Cuando se concibe la campaña política en una democracia como campaña de publicidad, la verdad sobra, porque piensan que la verdad es muy sosa, muy complicada.  Para ella hay que saber, y saber explicar, y el método de la mentira de Fortuño es mas fácil y hasta más atractivo.  Se trata de imágenes, de muñequitos inventados, al estilo usual de la publicidad comercial que vende pastas de dientes, sujetadores, y autos brillosos, para… seducir, no para educar.  Se trata de la inmoralidad organizada oficialmente, por quien dice que la crisis es de valores.  No de los suyos, sino de la clase media y los pobres que no se portan bien.  La publicidad es amoral --- como la prostitución --- sólo hay que pagarla.

¿Tiene remedio esta aberración anti-democrática?  Sí, otro método, otra actitud sobre la inteligencia y la ética de la verdad naturales en el pueblo.  No partir de la premisa y el método de la publicidad pagada, con fondos del pueblo robados “legalmente”, sino montar la campaña pública sobre las realidades que vive el pueblo --- no los muñequitos de la publicidad --- y entonces, implacablemente, como lo hizo Muñoz de 1936 al 1940, explicar, convencer, educar, con las experiencias del pueblo mismo como texto, las diferencias que representan las alternativas que se proponen.

La tentación de imitar al otro, porque ganó mintiendo y ha gobernado mintiendo, debe rechazarse como método.  La superioridad de la verdad sobre la mentira es que --- por ser verdad --- reflota y permanece, mientras la mentira no aguanta análisis.

La oligarquía publicitaria de los Fortuño y los Santini tiene más dinero, y no padece los dilemas mentales de la ética.  El pueblo y los que realmente lo representan, tiene menos dinero, pero más vergüenza, y se nota.  Pero necesita más convicción, más energía, más pedagogía política racional.   Más fe en la razón y la inteligencia del pueblo que, en la medida que les falte, es responsabilidad del liderato cultivarla.  

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