domingo, 9 de septiembre de 2012

Luis Fortuño: La Corrupción y la Mentira


Si fuéramos a sintetizar la conducta administrativa de Luis Fortuño, tras casi cuatro años de gobernación, dos términos fluyen como resumen de sus actitudes y decisiones.  En primer lugar, una corrupción desenfrenada, “pervasive”, como dicen los americanos.  Y para encubrir la corrupción, un patrón continuo y creciente de mentiras, que el expresa con un regusto enfermizo, porque si se diera con la verdad un día, en alguna de sus explicaciones, sufriría una convulsión epiléptica.  Ese no soy yo, gritaría hacia los cuatro puntos cardinales de la Isla.

El asunto de la verdad y la mentira es semánticamente complicado.  Puesto que la comunicación política --- la información oficial, tanto como las campañas políticas --- tiene dos dimensiones.  Siendo el fin que en ellas se persigue obtener el voto del ciudadano, por convencimiento racional o por persuasión sicológica, toda campaña tiene siempre, quiéralo o no, una dosis de mentira, esto es, de arreglo de los hechos para que sirvan a la idea política que se defiende.  Eso no quita, no debe alterar el hecho de que una campaña política debe tener como principal ancla la verdad, la información correcta, y  la honesta proyección de esa verdad en consecuencias lógicas que se desprenden de su expresión.  Pero como la política tiene como principal propósito, además de convencer, mover, persuadir, vale recordar la advertencia de José Ortega y Gasset, al señalar que en política la verdad no cae de cara o de cruz, cae de canto.

En el caso de Luis Fortuño, la verdad no es una opción: el regatea, escamotea, encubre, miente, con una carita de lechuga fresca que Dios se la bendiga.

Ahora bien, cuando para tapar su incompetencia y el proceso nocivo de corrupción que dirige desde Fortaleza, adopta la mentira como método político y electoral, no se da cuenta --- por superficial --- que el método se le ha convertido en principio, y que la mentira se le ha hecho consustancial a su persona.

Ese proceso se ha dado muchas veces en la historia, aunque nunca antes en la nuestra.  Lo que sorprende en el caso de Luis Fortuño es el placer erótico con que ejerce ese ministerio de la mentira.  Porque, como he dicho antes, el método de la mentira se a convertido en sustancia de su carácter.  Joseph Goebels, el ministro de propaganda de Hitler, nunca se equivocó en cuanto a sus mentiras.  Sabía que eran mentiras y decía que mientras más grandes mejor.  Porque la mentira pequeña podía dudarse.  Pero la mentira grande --- se creía ipso facto, porque el público pensaba que era tan horrorosa que tenía que ser cierta, de otra manera sus gobernantes no la proclamarían.

Permítame el lector concluir esta reflexión con un ejemplo de “la gran mentira” con que Fortuño ha tratado de justificar su desastre como gobernador.  Ha dicho y repetido hasta la saciedad, que los fracasos de su gobierno se han debido a “la pasada administración”.  ¿Y quiénes eran la pasada administración?  Era su propio partido, que en Senado y Cámara, y en la AEE y la AAA representaron el saboteo del Gobernador.  Eran Primitivo Aponte y Kenneth McClintock, Ángel Pérez y Jorge de Castro Font, la Liza Fernández y Migdalia Padilla, y Pedro Rosselló allí dentro, como supernumerario en el Senado.

Luis Fortuño, ¡la pasada administración fueron tú y Rosselló y Primitivo Aponte y Kenneth McClintock!  El Gobernador Aníbal Acevedo Vilá, que los derrotó a todos en las elecciones del 2004, aunque individualmente se colaron muchos en la legislatura, y fue tratado como rehén de esa mafia PNP.

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