viernes, 28 de septiembre de 2012

Motivaciones Políticas: Entre la Ambición y el Servicio


Decía James Madison en los escritos de “El Federatlista” que junto a Alexander Hamilton y John Jay escribió para que los electores de New York ratificaran la Constitución, que lo que aseguraría el buen funcionamiento del sistema federal era la lucha cotidiana entre la ambición personal y las prerrogativas y exigencias de los cargos públicos en los tres poderes del Estado.

Lo anterior suponía, claro está, diversidad de facciones, de intereses, de valores.  En ese contexto, cada decisión mayoritaria en el sistema era producto de la ambición personal, por un lado, y los poderes inherentes a cada rama del gobierno, encontrados en un debate perenne. 

Destaco hoy el concepto de la ambición, porque si esta se define meramente como avaricia de poder para fines personales o partidistas, resulta abominable moralmente, ya que el producto que valida todas las luchas políticas es el Bien Común, y no otra cosa bastarda como el poder personal, económico, político o social.  Si la ambición se queda en el protagonismo fanfarrón, no tendría lugar legítimo en el Estado.  Pero como la concebía Madison, como energía moral empleada al servicio de la comunidad política, esa motivación es condición indispensable del servicio público, ya que su valor contrario sería la inercia, la pasividad y la muerte del sistema democrático republicano de gobierno, fuente segura de la tiranía.

El problema no es que exista la ambición personal, sino que se reduzca a la prepotencia y el narcisismo del poder.  Porque cuando la ambición se pone al servicio del pueblo produce ingentes beneficios colectivos, como los que la propia generación de Madison produjo para los nacientes Estados Unidos de América y la generación del 1940 en adelante le produjo al pueblo de Puerto Rico.

Esas dos generaciones --- de allá y de acá ---demostraron que es posible la ambición como compromiso de servicio público y no como inflación de egos moralmente vacíos, como los que sufrimos hoy en la casi totalidad de nuestra vida pública.

Ambición sí, porque es motor de la acción y creatividad para el servicio.  Pero no puede ser sensualismo de poder vacío de propósitos morales colectivos.

¿Por qué van a la vida pública los que en su mayoría hoy la ocupan?  El Pueblo sabe.  Van movidos por una ambición enfermiza, a servirse.  Empezando por la llamada “primera familia” --- el primer mal ejemplo de ambición sin motivación de servicio.

La desfachatez con que el PNP, desde Fortaleza hasta la alcaldía de Guaynabo, despliega su codicia a todo lo largo y todo lo ancho del País, avergüenza a todos menos a ellos.  Se trata de unos ameicanuchos que  nunca leyeron a Madison y si lo leyeran, no lo entenderían.  Pero no hay mal que dure cien años… y la esperanza sostiene la vida.

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