jueves, 20 de septiembre de 2012

Se Despatarró la Rosa Emilia


Cuando las instituciones de la justicia se prostituyen, ya sea por dinero, por la sarna del poder sin límites, o por la piquiña ideológica incontrolada, el pueblo perece.  Porque entonces, ante los abusos, públicos o privados, no existen árbitros imparciales, con decencia profesional que garantice los derechos individuales o de grupos en la arena social o política. 

Hasta el 2008 la Fiscalía Federal de Puerto Rico funcionó con una respetable objetividad, y se ganó la admiración y el respeto de nuestra ciudadanía.  A la vista está que alrededor de 40 ladrones del equipo de Pedro Rosselló y Álvaro Cifuentes fueron a parar a las cortes federales y a sus prisiones.  Pero para el último semestre del 2008 la fiscal federal, Rosa Emilia Rodríguez, no pudo aguantar la sarna política, y se abrió a que Carlos Romero le rascara esa sarna con una acusación falsa, de vendetta personal contra el gobernador Aníbal Acevedo Vilá, uno de los hombres más probos y honestos que ha pasado por nuestra vida pública.  Rosa Emilia cedió al odio ideológico e hizo el ridículo profesional más vergonzoso en la historia de la Corte Federal en Puerto Rico.  Pero no escarmienta.  Ahora va a la revancha, y acaba de convertirse en portavoz política de Luis Fortuño y la estadidad --- que ella llama federalización --- como única tabla de salvación contra el crimen y el narcotráfico en Puerto Rico, como si la realidad no le diera en la cara, no sólo a ella sino a Fortuño y a Héctor Pesquera, y antes que ellos a Figueroa Sancha, que más federal no podía ser, ni más fracasado tampoco.

Contrario a la veda federal contra expresiones políticas de sus funcionarios, es claro que si en el caso fabricado por Rosa Emilia contra Acevedo Vilá se le salió el refajo, ahora sencillamente se ha despatarrado.  O como decían en el campo sobre los muchachos necios y díscolos que no sabían comportarse, la fiscal federal ha salido esnúa para la sala.  Y el espectáculo no es edificante.  La pasión política ha destruido su obligación profesional.  ¡Pero no se pierde mucho!

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