domingo, 14 de octubre de 2012

¿Para Qué Son las Elecciones?


En una democracia las elecciones periódicas tienen la función de expresar el sentir del pueblo sobre el desempeño del gobierno desde las últimas elecciones.  Una de dos, o confirma al gobierno y con ello expresa su satisfacción con la labor realizada, o lo cambia, lo sustituye por uno que por su historial represente una alternativa racional, más allá de un detalle u otro, hijos de la imperfección humana.

Así de sencilla es la convocatoria democrática del 6 de noviembre próximo.  No se puede culpar a un ciudadano que vote por Luis Fortuño porque piensa que: (1) cumplió sus promesas del 2008;  (2) ha creado miles de empleos bien remunerados; (3) ha respetado las instituciones que no operan como parte de la Rama Ejecutiva --- tales como el Colegio de Abogados y la Universidad de Puerto Rico ---; (4) ha respetado la Rama Judicial, como el Tribunal Supremo, al que le ha respetado su autonomía fiscal; etc.

Si alguien suscribe esos elementos de la vida colectiva y atribuye ese éxito a Luis Fortuño, derecho tiene entonces para con su voto confirmarlo en la gobernación.  Claro está, el derecho se respeta, pero hay que respetar la opinión también de que ese sería un voto torpe, estúpido, idiótico, producto de lo que los debatientes medievales llamaban “ignorancia invencible”, y que aquí le llamamos, “corazón del rollo”, chusma irracional, en suma, fanáticos.  El hecho me recuerda una lectura sobre la muerte de Virgilio, el insigne poeta latino, amigo del Emperador Augusto.  En el último viaje que dio con el César, al llegar al puerto de Rimini, al ver la multitud irracional, mugrienta y enloquecida que recibía con vítores al verdugo romano, Virgilio se viró hacia Augusto y le preguntó:  ¿A eso es que tu llamas el pueblo romano?

Lo mismo preguntaría yo si la ignorancia y la estupidez me regalaran la tortura existencial de un Fortuño victorioso el próximo 6 de noviembre.

Existe otra posibilidad como alternativa inteligente:  repudiar a Fortuño como el peor gobernador de nuestra historia moderna desde Blanton Winship.  ¡Y miren que desde entonces nos han gobernado pamemas y corruptos como para haber escarmentado!

No hay que olvidar que entre Romero, Rosselló y Fortuño le han costado a este pueblo más de un cuarto de millón de empleos directos e indirectos.  Los tres insistieron en entregar la Sección 936 --- la médula industrial de Puerto Rico --- diz que para cualificar para la estadidad, hoy más lejos que nunca en los Estados Unidos y aquí.  A eso hay que añadir las fechorías exclusivas de Luis Fortuño:  la Ley 7 y el Tubo de la Muerte, que el pueblo derrotó.  Falta derrotar al autor del siniestro proyecto.  Esa fechoría nada más lo sembrará en la historia como un gobernador falto de seriedad y de respeto al pueblo que lo eligió.  Ese tubito de marras --- sin cavar un hoyo en la tierra --- le costó al pueblo, ya de manera oficial más de 29 millones de dólares repartidos entre los ahijados de Luis Fortuño.  Él mismo se ha encargado de defender esa corruptela --- desde Ray Chacón, el compañerito de Marista, hasta los profesionales del tumbe Eduardo Ballori y Dennis Rivera Medina, genio de todo sin capacitación para nada, quien a lo largo de todo el gobierno se ha tumbado 27 millones, más allá de los 6.3 millones del Tubo de la Muerte, y de quien Fortuño hizo personalmente una emotiva defensa.

¿Cómo es posible suponer que un pueblo se flagele a sí mismo desde la tiniebla moral de esa ejecutoria, reeligiendo al gobernador más embustero, corrupto e incompetente de nuestra historia?

Ahora bien, sobre el País flota una interrogante angustiosa, al pensar en el cambio y en las alternativas para lograr ese cambio.  Existen por ahí, por lo menos, una docena de buenas personas que han renunciado a la virtud cívica de la educación política y han decidido formar tres o cuatro partidos, entes puramente jurídicos sin pueblo, cuyas ideas son tan perfectas y puras que sólo ellos --- cada uno de cuatro --- pueden llevarlas a la acción, sin pueblo.  Así pensó dos veces en Estados Unidos Ralph Nader, que se consideraba muy puro para respaldar a Al Gore y a John Kerry prefiriendo que se eligiera a George Bush dos veces.  Estos amigos deberían entender que la política no es una tertulia platónica para ventilar ideas perfectas.  Es una lucha de intereses y de ideales al alcance del pueblo, a veces impreparado para juzgar poéticas quimeras.  Tienen estos pequeños partidos un poder potencial real:  reelegir a Luis Fortuño sustrayendo votos de quien puede en verdad derrotarlo, los votos que, concentrados, pueden llamarse pueblo, y no átomos dispersos.

La verdad política no es siempre la verdad ideal, perfecta e incólume.  La verdad política radica en el diagnóstico de lo posible.  Lo otro es destruir opciones reales --- alegando una equivalencia política y moral falsa en la realidad histórica --- en aras de protagonismos demasiado virtuosos.

Se quiere salir de Fortuño, ¿sí o no?  Si no se quiere, vote usted por el PNP o por cualquiera de los partidos irrelevantes electoralmente, excepto para hacerle un daño irreparable al País.

El patriotismo que exige la situación angustiosa del País es uno que haga una diferencia.  Votando directa o indirectamente por Fortuño no se hará ninguna diferencia, no habrá cambio.

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