lunes, 30 de julio de 2012

Cuando el Pueblo Vota por sus Enemigos

Según José Ortega y Gasset, el gran pensador español del siglo 20, las dos grandes aportaciones del mundo moderno a la civilización fueron “la ciencia experimental y la democracia liberal”.  No se trata, en el primer caso, de legitimar cualquier estudio, que por erudito o enciclopédico que parezca, si no tiene base experimental, de Galileo hacia acá, no es científico.

Igual puede decirse de la democracia liberal --- puede que tenga amplio respaldo popular, de votos, pero si no es liberal --- es decir, si no es limitada en cuanto a la acción del Estado sobre los individuos y los grupos de interés --- no es real democracia del pueblo.  Casi todos los dictadores y caudillos de la historia han obtenido mayoría de votos.  Eso no los convierte en democráticos.

Sólo de 1647 hacia acá, en Inglaterra se acuñó --- contra los reyes absolutos --- esa democracia liberal, de votos, pero también de libertades fuera del alcance de los votos.  Esa es la base histórica y doctrinal de la Constitución de los Estados Unidos, y andando el tiempo, de toda Europa.  Esa teoría y esa tradición exigen al brazo administrativo del Estado, que es el que gobierna, a realizar el Bien Común para todo el pueblo, todo --- no para un grupito privilegiado.

La verdad histórica es que a excepción de breves periodos de la democracia griega, y más breves aún de la república romana, la estructura histórica del estado y del gobierno han sido oligárquicas --- una casta de los pocos ricos --- que hacían y deshacían sobre los muchos pobres.  Sólo al surgir las clases medias, que desde Aristóteles se consideraban como la garantía para atender a los muchos, medianos y pobres, se asoma el Estado a la justicia.  Así ha sido desde el siglo de Pericles en Grecia, hasta el régimen de Barack Obama en Estados Unidos, y en Puerto Rico desde 1941 al 2008, antes de restablecerse la oligarquía guaynabita de Luis Fortuño.

En Puerto Rico, a partir del hecho de que el gobernante y el candidato necesitan el voto del pueblo para legitimarse, la oligarquía guaynabita tiene que explicarse, justificarse en sus posturas y acciones.  Y ahí es que reside la situación sin precedentes que vive muestro País:  una pequeña oligarquía económica y partidista saquea, succiona el patrimonio y el dinero público, sin el más mínimo asomo de justificación de sus raterías oficiales, dirigidas y sancionadas por el gobernador Fortuño e impuestas implacablemente por su camarilla de beneficiados.

Antes de 1940, los viejos “colmillús” intentaban justificarse.  Reclamaban que sus haciendas --- café, tabaco y caña --- proveían el único empleo entonces existente, una especie de esclavitud feudal que explotaba al agregado, al peón, al arrimao de los propietarios latifundistas.  Los colmillús de hoy --- bancos, aseguradoras, empresarios del gran comercio --- no intentan en lo más mínimo justificarse.  Richard Carrión presidió el Comité que produjo la Ley 7, y las distintas “emergencias” que declaró Fortuño y luego se fue a su banco a beneficiarse de la legislación que este recomendó, empleando a la supuesta Primera Dama para participar del botín escritural resultante. 

Antes de 1940 ningún político había asumido el papel de “educador” sobre la democracia y la economía.  Muñoz Marín asumió ese rol y cosechó para el País el fruto de su siembra.  El pueblo necesita hoy educadores comparables, que escasean a montones.

Como en toda sociedad organizada, el pueblo tiene amigos --- los que responden a sus problemas, necesidades y angustias --- y tiene enemigos, los oligarcas, guaynabitos y fortuñistas que forman la maléfica trinidad que los desprecia.  Estamos para ver entonces si una sociedad abierta, de amplia comunicación política y social, el pueblo, el 90 por ciento del pueblo que gime bajo la oligarquía guaynabita de Fortuño, es capaz de distinguir entre sus enemigos --- Fortuño y sus contratistas  --- y su amigos, los que cuentan tras de sí con un record de más de 70 años de creatividad institucional que insertó a Puerto Rico en el desarrollo, la modernidad y la democracia.  Democracia liberal, y no redada fascista contra los derechos y libertades del pueblo, es lo que hay que defender y conservar. 

¿Votará el pueblo, aún dándole la realidad en la cara, por sus enemigos o recordará quienes son sus amigos? 

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